El
presidente venezolano se marca como objetivo, tras la Constituyente,
levantar la inmunidad parlamentaria «a quien haya que levantarla»
La
refundación de Venezuela -o la profundización del terrorismo de
Estado- ha comenzado. Nicolás Maduro enfiló el camino más lúgubre
para reescribir la historia y tratar de sostenerse en el poder.
Consumado el golpe, en las falsas urnas de la Asamblea Nacional
Constituyente, el hijo postizo de Chávez se dispone, tal y como
anunció, a liquidar la Asamblea Nacional de la República
Bolivariana de Venezuela (el Parlamento), castigar a los
actuales diputados, terminar de dar la puntilla a Luisa Ortega Díaz
(la díscola fiscal general del Estado) y poner en su sitio a los
pocos medios de comunicación que no se cuadran frente al régimen.
Maduro
parece estar empeñado en elegir el camino más doloroso para
prolongar la agonía de los venezolanos y, posiblemente, la suya
propia. El presidente de Venezuela, sin mencionar la lista de los
últimos muertos de la represión (10 solo en la jornada del
domingo), avanzó las primeras medidas que adoptará una vez que se
conforme la Asamblea Constituyente. En principio, está previsto
que los 545 elegidos el domingo, tomen posesión del cargo, «dentro»
de las 70 horas de la votación (el miércoles) que enterró la
de por sí moribunda Constitución de Hugo Chávez, de 1999.
«Levantar
la inmunidad parlamentaria a quien haya que levantarla», actuar
contra «la burguesía parasitaria» para salir del callejón
económico sin salida (en el que se ha metido solo) y hacerse
con el control absoluto de la Fiscalía General, «para que haya
justicia» serán sus primeras instrucciones. En el camino,
anunció que investigará a la cadena Televen por hacer «apología
del delito» y arremetió contra la prensa: «Estamos en combate
comunicacional otra vez contra las mentiras de las televisiones.
¡Alerta!».
La
intervención de Maduro -de madrugada en España- parece despejar las
dudas sobre el escenario que elegirá el presidente de Venezuela
para atrincherarse en el Palacio de Miraflores (sede del
Ejecutivo). También confirmó, una vez más, los vasos comunicantes
del poder conyugal. «La primera combatiente», como se refiere a su
mujer, Cilia Flores (electa como constituyente), formará parte de la
nueva e inminente arquitectura constitucional de poder. También la
excanciller, Delcy Rodríguez («la tigra» para Maduro) estará en
ese equipo del que falta confirmar al líder. La figura -o la sombra-
de Diosdado Cabello, «el terror de los escuálidos» (oposición),
según Maduro, también es ya un asambleísta electo.
El
actual diputado, para sorpresa de muchos, no estuvo junto a Maduro la
noche «de la victoria». Considerado el Rasputín del régimen (con
pésima relación con Raúl Castro) en la nueva Venezuela -que
profundiza la vieja-, podría no concentrar el poder que se le venía
anticipando, si se toma como referencia lo que dijo -y lo que no
dijo- el presidente de Venezuela. Pero, si se hace memoria, la
secuencia sería similar a la de otras elecciones, como las del 2015,
donde las apariencias sugerían un abismo entre ambos y la realidad
demostró con el tiempo que son cara y cruz de la misma moneda. Una
más amable (la de Maduro aunque no lo parezca) y otra de mano dura
(la de Cabello).
Previsibles
los resultados de las elecciones a la Asamblea Constituyente, los
amantes de la historia y la calculadora hacían burla de esos
guarismos. De acuerdo al escrutinio oficial, el chavismo
(madurismo) batió récords en las urnas. Nunca antes había
alcanzado semejante respaldo. En el 2013, tras la muerte de su
mentor, Maduro logró siete millones de votos, dos años más tarde,
en las legislativas, la oposición se impuso con otros tantos votos
mientras el oficialismo se estancó con cinco millones. Este domingo,
con el pueblo «hambreado», protestas en las calles -pese a la
represión y los más de cien muertos desde abril- más una inflación
galopante (camino de cuatro dígitos), resulta inverosímil
pensar que el chavismo, madurismo o diosdadismo, como se quiere
llamar al régimen, haya superado lo insuperable, con más de ocho
millones de votos.
Edgar
Gutiérrez (politólogo), considera «grotesca» la cifra y
recuerda que «hay evidencia gráfica» que prueba el vacío de los
centros de votación. Dicho esto, lamenta, «esta crisis no está
resuelta a corto plazo».
Tomás
Straka, de la Universidad Católica Andrés Bello, coincide -en Radio
Caracas- al advertir: «Tenían que inflar» los números para
que superaran los de la consulta popular del pasado 16 de julio,
donde más de siete millones y medio de venezolanos se opusieron a la
creación de la Asamblea Constituyente». En un contexto de
«dictadura y autoritarismo protegido por las Fuerzas Armadas»
advirtió, «uno de los grandes problemas es que (la elección del
domingo) es inauditable, realizada sin testigos ni observadores».
Las
imágenes de la señal oficial de la Plaza Bolívar, donde a media
noche Maduro intervenía, estuvieron tan manipuladas como la
votación. Los planos cortos intentaban mostrar una multitud
inexistente que el aparato de propaganda del Estado defendía
con vehemencia. Si no fuera porque la vista -y los vídeos
domésticos- no miente, harían dudar al más incrédulo.
«Se
acabó el sabotaje de la Asamblea Nacional», amenazó Maduro en
alusión al Congreso de mayoría opositora y declarado en desacato
por una Corte Suprema sometida al Ejecutivo. «Algunos
terminarán en una celda bajo el mando de la justicia necesaria»,
proclamó. La redada de los diputados parecería una crónica
anunciada esta semana, una vez que los 545 constituyentes tomen
posesión -el miércoles- de unos escaños ocupados hoy por la
oposición.
Pese
a las palabras de Maduro, Julio Borges, presidente de la
Asamblea Nacional de Venezuela, aseguró: «este no es un Gobierno
fuerte, este es un gobierno derrotado». Venezuela, añadió,
«amaneció más aislada y dividida del mundo».
Carmen
de Carlos @CarmenDeCarlos
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