Caracas
se convierte en una ciudad fantasma en la apertura de las 48 horas de
paro y protestas contra el voto convocado para el domingo
El
Gobierno de Nicolás Maduro es dueño y señor de las armas y de
un gigantesco aparato de propaganda oficial que usa, sin tregua, en
su particular guerra contra la población. Entre la realidad de los
medios de comunicación, bajo control del Estado y la que se vive en
la calle hay un abismo de manipulación en Venezuela. La huelga
general de 48 horas que arrancó ayer se presenta en las cadenas de
televisión como un espejismo en ese desierto tropical que se
convirtió ayer la ciudad de Caracas y la mayor parte del país.
Frente
a la barbarie del régimen surge la inteligencia de la oposición, de
la sociedad y el desafío de los grupos antisistema como La
Resistencia. Son jóvenes veinteañeros. Algunos ya están
mutilados o tienen parte del cuerpo quemado. Se colocan en primera
línea de fuego de las marchas y manifestaciones. La capucha les
cubre el rostro para que no los identifiquen. También llevan gafas,
cascos y los privilegiados, máscaras para no respirar los gases
lacrimógenos.
Cuando
la tropa de las fuerzas chavistas avanza son los primeros en caer.
«No somos partidarios de la oposición ni del Gobierno. Salimos a la
calle por amor a Venezuela y al futuro». La frase de «Crazy», uno
de los cabecillas del grupo, anticipa otras de sus compañeros.
Jonathan, estudiante de Ciencias Políticas intervendrá, como lo
harán más tarde, Alexander, Kevin y otros que se conocen por apodos
o sus nombres de pila.
Carne
de cañon
«Los
partidos son una fantasía. No creemos en ellos». «La Constituyente
no es una solución es la destrucción». «Queremos que Venezuela
vuelva a ser el gran país que fue. Que haya elecciones libres y
liberen a los presos políticos», son algunas frases que se
reparten.
Apostados
en la Plaza de Altamira desde temprano, esta generación, quizás
echada a perder, coincide en que lo que hay no les gusta pero a la
hora de plantear escenarios alternativos o analizar su propia razón
de ser la cosa se complica. «Estamos dentro del sistema pero
queremos romper con él», se justifica uno. «Confiamos en que
surjan líderes, no partidos. Queremos alguien con corazón recto y
buena voluntad», observa otro. «Es nuestro turno, nosotros podemos
ser el futuro. Somos un diamante en bruto», interviene el más
optimista.
Los
números les dicen que «han matado a 109 de los nuestros pero esos
son los que están contados. ¿Y los desaparecidos?», comentan antes
de dudar sobre cuántos son ellos, cuánto jóvenes forman La
Resistencia, con mayúscula, como insisten. «En realidad, el número
es indefinido. Un día somos mil otro más otro menos».
«Hacemos
el papel de tontos útiles… Se benefician a costa de las costillas
de los pendejos porque esta crisis le conviene a mucha gente»,
advierte uno de los que cuando habla el resto se calla. Otro lo
explica a su manera, «acá todos están ganando mucho dinero. Brasil
suspendió el comercio de gases lacrimógenos y ahora es el Ejército
el que trafica con ese material, también con los alimentos…» y
sigue con la lista hasta llegar al narcotráfico.«No están
dispuestos a dejar un negocio que les está haciendo ricos»,
advierte antes de reflexionar: «Les conviene convertir esto en una
especie de Siria o Irak».
El
olor de la gasolina con la que han preparado sus cócteles molotov,
de repente, se mezcla con una brisa de marihuana a sus espaldas. Se
van acercando más chicos porque, pese a su aspecto cuando están
juntos y se tapan la cara, no dejan de ser unos muchachos. Algunos,
imberbes. «Iba a lanzar la botella, ya había prendido la mecha pero
me alcanzó antes una bala», Kevin o como se llame en realidad el
jovencito, perdió el dedo pulgar de la mano derecha y buena parte
del brazo quedó en llamas. No quiere mostrarlo ante la cámara y se
tapa con la mochila.
Cuenta atrás
Cuenta atrás
Le
produce cierto pudor su propia imagen herida pero no tiene objeciones
si se trata de hacerle la foto con el casco y las gafas rosas. Las
quemaduras de «bote» son diferentes a las que te produce un
accidente doméstico, explican. «Si me hace una foto, la
Policía me sale a buscar y me identifica», asegura el último en
llegar a la plaza, después de mostrar la mano y el antebrazo
abrasado como una pata de cordero.
«¿El
Papa? Si estuviera acá nos apoyaría pero no está». El muchacho
hace la observación antes de escuchar la pregunta sobre la
intervención del ex presidente, José Rodríguez Zapatero en la
crisis: «Los problemas de los venezolanos los tenemos que resolver
los venezolanos».
Cada
día que pasa es un día más para La Resistencia y uno menos para el
domingo, fecha elegida por el régimen para dar la puntilla a la
«moribunda» Constitución hecha por y a medida de Hugo Chávez. La
jornada de huelga general, la segunda en lo que va de año, arroja un
panorama de Caracas parecido al de un domingo cualquiera.
«Saldrán
a cazarnos»
«El
metro funciona porque es del Gobierno» observa
Mariellis. Camarera en un hotel próximo a la Plaza de Altamira fue «a
trabajar porque si no lo hago me descuentan el día pero yo hago la
huelga», asegura convencida de que lo importante, hoy, es el
sentimiento de rechazo a «Maduro y a todos los corruptos que
nos están matando de hambre».
Los
supermercados se han blindado con persianas metálicas. Los edificios
de oficinas están vacíos. En el aeropuerto Jorge Chávez de Caracas
el silencio es la música de fondo. No hay ruido de aviones y difícil
será que lo haya por 48 horas y… más. «No porque los
funcionarios se sumen al paro, es porque nadie quiere venir a
Caracas», reflexiona Valentina, tras llegar la víspera de Bogotá.
La
Resistencia aguanta todo el día en la calle. Se reúne en diferentes
puntos de Caracas y un temor parece ser común a todos. «El
domingo -aseguran- después de la Constituyente van a salir a
cazarnos».
Carmen
de Carlos
enviada especial de ABC España www.abc.es
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